
La Tierra simboliza la materia, lo que permanece.
En la elaboración de productos cerámicos se pueden emplear distintos materiales.
Una de las más populares es la arcilla roja: amasada con agua, produce el barro rojo; si se añade manganeso, el barro negro; si se añade chamota, se convierte en barro refractario, que tiene el grano más grueso y necesita temperaturas más altas para cocerse.
Le sigue en popularidad el gres: arcilla obtenida de la aglutinación de pequeños granos de cuarzo.

El agua simboliza las emociones que transforman, horadan todo, y lo hacen permeable y transformable.
Con el agua conseguimos que la arcilla adquiera una textura fácil para manejarla, amasarla, tornearla, modelarla.
Con el agua diluimos los pigmentos, óxidos y esmaltes con los que ornamentamos las piezas.
El aire simboliza las ideas, la inspiración y la comunicación.

Lo que queremos plasmar y lo que conseguimos comunicar con nuestra obra.
Las ideas se pueden concretar en formas muy variadas: todo tipo de vasijas, levantadas con cilindros de barro amasados (churros); utilizando láminas de cualquier grosor (placas); o una bola de barro con forma esférica (bolas). La técnica del relieve, levantando sobre una base lisa distintos planos utilizando pequeñas porciones de barro. El modelado escultórico, cuando reproducimos en tres dimensiones cualquier forma o figura.
Y elegida la forma, concurren la intención, la mano, la inspiración...
El fuego simboliza la vida, el corazón que palpita, lo que dinamiza al resto de los elementos y les da vida.Porque el habitáculo casi sagrado que dará forma final a la pieza cerámica es el horno. Los horadados en la tierra, en donde la pieza arde al tiempo que la madera que provoca la combustión, los industriales de gas o eléctricos; todos provocan un largo suspense de varias horas, hasta que llega el momento, se abre el horno, y la magia del fuego ha dado vida a nuestras obras.
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